En la muerte de Mario Hernández Sánchez-Barba: el magisterio universitario como tradición

 En la muerte de Mario Hernández Sánchez-Barba: el magisterio universitario como tradición

Mario Hernández Sánchez-Barba nació en Santa Cruz de Tenerife el 11 de agosto de 1925 y falleció en Madrid el 30 de noviembre de 2021.

Director del Departamento de Historia de América de la Universidad Complutense, desde 1970 hasta su jubilación, y catedrático de Historia contemporánea de América, junto a su amplísima producción escrita, entre cuyos títulos hay que destacar muy especialmente su América española (2012), hay que recordarle por su incansable labor docente, por el centenar de tesis doctorales que dirigió y por su inmensa capacidad de trabajo que le llevó a fundar el Aula de Coloquios Hispanoamericanos, en el Ateneo de Madrid, la revista Quinto Centenario y su continuadora Mar Océana; a dirigir el Colegio Mayor Antonio de Nebrija, de la Universidad Complutense (1967-1974) o, entre otras muchísimas actividades, a formar parte del Instituto de Estudios Políticos, el Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo (CSIC), el Instituto Español de Estudios Estratégicos (CESEDEN) o la Junta de Gobierno de la Fundación Institucional Española (FIES)

El espíritu con el que se acercó a renovar la Historia y, en especial, la de América se puso de manifiesto desde el comienzo de su carrera. Así lo supo ver Jaume Vicens Vives. No dudó en incorporarle al equipo de investigadores responsable de la innovadora Historia social y económica de España y América. Trabajando uno en Madrid y el otro en Barcelona, mantuvieron una fluida correspondencia. Vicens, siempre perspicaz, fue descubriendo no pocas de las virtudes intelectuales de Mario Hernández.

Si el 19 de diciembre de 1952 le pide su sincera opinión sobre la Aproximación a la historia de España porque “lo más constructivo es una crítica serena”, el 24 de julio de 1953 celebra que se apasione con el capítulo que está escribiendo para la Historia social y económica porque “la pasión es la primerísima condición para triunfar en un empeño”. Cuando, en diciembre de 1953, recibe el original del capítulo que Mario Hernández había escrito sobre la América del siglo XVIII, Vicens reconoce: “me felicito por la intuición que tuve al brindarle tal colaboración, pues se trata de un texto metódico, serio e inteligente que gustará a los futuros lectores de la obra. El único pero, que le formulo para que no todo sean elogios, está en algún retorcimiento de estilo, visible especialmente en los momentos que usted generaliza. Pero eso es cosa de poca monta y fácil de resolver…”. Con la obra ya concluida, el 15 de octubre de 1959, y entre las críticas, siempre discretas, de Vicens a la actitud de algunos sectores del mundo académico, el maestro catalán escribe: “En este momento me complazco en darle las gracias por su actitud atrevida e independiente al cooperar en una obra que ha provocado tan sofisticadas alarmas y tan entusiásticos aplausos”.

Habían colaborado, habían intercambiado opiniones y textos, habían mantenido largas conversaciones en los viajes de Vicens a Madrid y habían forjado una amistad, que se refleja en múltiples expresiones y, por supuesto, en el encabezamiento de las cartas: del correcto distinguido amigo que encontramos en las primeras, de 1951, a un cordial mi querido Mario, con el que abre las últimas, hasta el mismísimo junio de 1960, pocos días antes del fallecimiento de don Jaume.