Entre Los Hombres Como Entre Las Naciones El Respeto Al Derecho Ajeno Es La Paz

Sirva, ya que, esta «cláusula salvatoria» de precaución que, el creador de estas líneas toma de manera expresa, en la manera más óptima, contra toda interpretación malévola. La frase “El respeto al derecho es la paz” traduce la conciencia universal que todos y cada uno de los hombres o países tienen su independencia, además su soberanía y son legítimos para gobernarse y tomar sus resoluciones. Indica el respecto en lo especial y en la sociedad como fundamento de la nobleza de humano. La historia da los ejemplos más contradictorios de regímenes políticos, exceptuando, empero, el auténtico régimen republicano, el cual no puede ser pensado sino por un político ética. Si pasamos al derecho de gentes veremos que el que hoy existe con ese nombre, fundado en los estatutos elaborados por los ministros, es, en realidad, una palabra sin ningún contenido; susténtase en tratados que, en el acto mismo de firmarse, ahora están secretamente transgredidos.

La China9 y el Japón, habiendo tenido pruebas de lo que son semejantes huéspedes, han procedido de manera sabia, poniendo enormes dificultades a la entrada de extranjeros en sus dominios. El Japón acepta solamente a los holandeses, y aun estos tienen que someterse a un trato especial, como de prisioneros, que les excluye de toda sociedad con los naturales del país. Y esto lo hacen naciones que presumen de devotas y que, inundadas en iniquidades, desean pasar plaza de elegidas en achaques de ortodoxia.

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Un Estado no es -como lo es, por poner un ejemplo, el «suelo» que ocupa- un haber, un patrimonio. Es una sociedad de hombres sobre la cual nadie, sino ella misma, puede enviar y disponer. Es un leño con raíces propias; por tanto, incorporarlo a otro Estado, injertándolo, por decirlo de esta manera, en él, vale tanto como anular su vida de persona ética y hacer de esta persona una cosa. Este seguir se halla en contradicción con la idea del contrato originario, sin la que no puede concebirse derecho alguno sobre un pueblo1. Todo el planeta sabe bien a cuántos riesgos ha expuesto a Europa ese prejuicio en relación al modo de conseguir Estados que las otras partes del planeta jamás han popular.

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Ahora bien; el práctico, para quien la moral es una mera teoría, nos quita cruelmente la consoladora promesa que nos anima, sin perjuicio de pactar en que debe y aun puede realizarse. Fúndase para ello en la afirmación de que la Naturaleza humana es tal que jamás el hombre «deseará» poner los medios precisos para conseguir el propósito de la paz perpetua. No es suficiente para ello, de hecho, que la voluntad individual de todos los hombres sea conveniente a una constitución legal, según principios de libertad; no basta la unidad «distributiva» de la voluntad de todos. Hace falta, además de esto, para resolver tan difícil inconveniente, la unidad «colectiva» de la voluntad general; es necesario que todos juntos deseen ese estado, a fin de que se instituya una unidad total de la sociedad civil. Por tanto, sobre las diferentes voluntades particulares de todos es necesario, además de esto, una causa que las una para constituir la voluntad general, y esa causa unitaria no puede ser ninguna de las voluntades particulares. De donde resulta que, en la realización de esa iniciativa -en la práctica-, el estado legal ha de iniciar por la violencia, sobre cuya coacción se funda después el derecho público.

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En nuestros tiempos, y hasta época muy reciente, se han contraído matrimonios entre Estados; era este un nuevo medio o industria, ahora para acrecentar nuestra capacidad a través de acuerdos de familia, sin gasto alguno de fuerzas, ahora asimismo para ampliar las pertenencias territoriales. Asimismo a este conjunto de medios pertenece el alquiler de tropas que un Estado contrata contra otro, para usarlas contra un tercero que no es enemigo común; pues en tal caso se emplea y abusa de los súbditos a capricho, como si fueran cosas. Si en el derecho público, como suelen concebirlo los juristas, prescindimos de toda «materia» -las diferentes relaciones dadas experimentalmente entre los individuos de un Estado o entre varios Estados-, solo nos quedará la «forma de la publicidad», cuya oportunidad está contenida en toda intención de derecho.

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Si te has apoderado de una nación vecina, échale la culpa a la naturaleza del hombre, el que, si no se adelanta a la agresión de otro, puede tener por seguro que sucumbirá a la fuerza. Un producto misterio en las negociaciones del derecho público es, objetivamente, es decir, considerado en su contenido, una contradicción; pero subjetivamente, estimado según la calidad de la persona que lo dicta, puede admitirse, ya que cabe pensar que esa persona no cree favorable para su dignidad manifestarse públicamente autora del mencionado producto. Esto sería una Sociedad de naciones, la cual, no obstante, no habría de ser un Estado de naciones. Este juicio parecerá, sin duda, una pedantería escolástica a los que suponen que, según los esclarecidos principios de la prudencia política, consiste la verdadera honra de un Estado en el continuo acrecentamiento de su fuerza, por cualquier medio que sea.

Una «ley permisiva», por consiguiente, vendría a contener la obligación de realizar un acto al que nadie puede ser obligado; lo cual, si el objeto de la ley tiene en ambas relaciones una misma significación, es una contradicción patente. Ahora bien; en la ley permisiva de que nos ocupamos refiérese la previa prohibición únicamente al modo futuro de comprar un derecho -por poner un ejemplo, la herencia-, y, en cambio, el levantamiento de la prohibición, es decir, el permiso, tiene relación a la presente posesión. El permiso de continuar poseyendo no podría, pues, existir, caso de que la adquisición putativa se hubiera realizado en el estado civil; ya que tal permiso implicaría una lesión y, por tanto, debería desaparecer tan pronto como fuera descubierta su ilegitimidad. Las dificultades que se presentan al tratar de determinar el concepto de paz puede explicar por qué son tan pocos los intentos de medir el estado de paz en las diferentes naciones de todo el mundo. El Índice de Paz Global es un intento medir los niveles de paz en los países del mundo y de identificar ciertas fuerzas que impulsan la paz.

Pero el principio trascendental de la propaganda del derecho público puede ahorrarnos toda discusion. Según este principio, pregúntese el pueblo mismo, antes de cerrar el contrato popular, si se atreve a manifestar públicamente la máxima por la cual se reserva el derecho a sublevarse. Bien se ve que, si al fundarse un Estado, se pusiera la condición de que en ciertos casos podrá hacerse empleo de la fuerza contra el soberano, esto equivaldría a ofrecer al pueblo un poder legal sobre el soberano.

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Tiene, ya que, que establecerse una federación de tipo especial, que podría llamarse federación de paz -fædus pacificus-, la cual se distinguiría del tratado de paz en que este acaba con una guerra y aquélla pone término a toda guerra. Esta federación no se ofrece conseguir ningún poder del Estado, sino más bien simplemente mantener y asegurar la independencia de un Estado en sí mismo, y también la de los demás Estados federados, sin que estos hayan de someterse por ello -como los individuos en el estado de naturaleza- a leyes políticas y a una coacción legal. La oportunidad de llevar a cabo esta idea -su objetiva realidad- de una federación que se alargue poco a poco a todos y cada uno de los Estados y conduzca, en último caso, a la paz perpetua, es susceptible de exposición y desarrollo. 2.º «Derecho de gentes.» Es imposible charlar de derecho de gentes si no es suponiendo un estatuto jurídico, esto es, una condición externa que permita atribuir realmente un derecho al hombre. El derecho de gentes, como derecho público que es, implica ya en su término la publicación de una voluntad general que determine para cada cual lo propio. Y este estatuto jurídico ha de producirse en algún contrato, el que no necesita estar fundado en leyes coactivas -como el contrato origen del Estado-, sino que puede ser un pacto de asociación regularmente libre, como el que ya hemos mencionado anteriormente al charlar de una federación de naciones.

Además, es imposible tener la conciencia ética más del legislador y opinar que éste, después de haber reunido en un pueblo a la salvaje multitud, va a dejarle el precaución de instituir una constitución jurídica conforme a la voluntad común. Todo lo mencionado nos deja vaticinar con seguridad que entre la idea o teoría y la realidad o experiencia habrá visibles diferencias. Sobre este punto puede discutirse mucho si se desea zanjar la cuestión por medio de una deducción dogmática de los fundamentos de derecho.

Si se considera, en cambio, la conducta «inhospitalaria» que siguen los Estados civilizados de nuestro conjunto de naciones, sobre todo los comerciantes, ahuyentan las injusticias que cometen en el momento en que van a «conocer» extraños pueblos y tierras. América, las tierras habitadas por los negros, las islas de la especiería, el Cabo, eran para ellos, en el momento en que los descubrieron, países que no pertenecían a nadie; con los naturales no contaban. En las Indias orientales -Indostán-, bajo el motivo de detallar fábricas comerciales, introdujeron los europeos tropas extranjeras, oprimiendo de esta forma a los indígenas; encendieron grandes guerras entre los diferentes Estados de aquellas zonas, causaron apetito, rebelión, perfidia; en resumen, todo el diluvio de males que tienen la posibilidad de afligir a la Humanidad. Este letrado y político mexicano de origen indígena nació en Oaxaca, población ubicada en la cadena montañosa hoy famosa como “La Sierra Juárez”, el 21 de marzo de 1806 y murió, siendo presidente en funcionalidades y dejando una herencia política esencial para el México contemporáneo, el 18 de julio de 1872. Benito Juárez, popular como el Benemérito de las Américas fue testigo y participó del convulso siglo XIX mexicano siendo protagonista principal en el movimiento de Reforma que dio lugar al laicismo del Estado.